- De vez en cuando asomaba por las ventanillas del coche, tras una mano enguantada, el rostro encantador de una joven, casi una niña.
- El destino, iba hacia lo desconocido al combate rudo de la vida; como esos jóvenes reclutas que, húmedos los labios por el ultimo beso de la madre, van a tierras lejanas, a batallas sangrientas, a muertes ignoradas.
- Había temblado a la idea de verse casi sola en un pueblo extraño teniendo que lidiar con autoridades incultas y padres de familia díscolos.
- Al poner pie en tierra, su alta y elegante silueta proyectaba por los rayos del crepúsculo, se destaco majestuosamente y como engrandecida a los ojos de los que la aguardaban.
- A la vista de aquel hombre un recuerdo confuso broto en la mente de Luisa; ella lo había visto antes; ¿en donde? No distinguía bien en la brumosa conmemoración de sus recuerdos.
- Luisa se retiro con un ceremonioso saludo que sorprendió a la señora; la cual no se explicaba cómo la hija de un carpintero y de una planchadora podía tener tan elegante presencia, y tan distinguidos modales.
- Una ola vibradora de emociones extrañas, algo como el despertar de la naturaleza, el lejano y ardiente rumor de la vida, el rápido circular de la savia engendradora del amor.
- Cuando Luisa llegó a su habitación, aunque rendida por las fatigas del día, no pensó en dormir; encendió la lámpara que con un globo de alabastro, halló sobre el velador, y se puso a escribir para su madre; su mano se deslizaba rápida y nerviosa sobre el papel y varias veces hubo de llevar el pañuelo a sus ojos para enjugarse el llanto.
- La música callada, la soledad sonora, y se absorbió en serios pensamientos; el libro de su vida se abría ante ella; casi huérfana, joven, hermosa, sin apoyo, había llegado a aquella casa; ¿lo hallaría allí?
- Don Crisóstomo le inspiraba miedo, un recuerdo vago alimentaba aquel temor, aquel hombre le parecía ser el mismo que, muy niña ella, la habría perseguido muchas veces en las calles, hostigándola con promesas, con caricias sospechosas; el mismo que había osado hacer a su madre una propocisión de proxeneta, el que había querido comprar su virginidad impúber.
- Doña Mercedes le inspiraba recelo; había hablado con desprecio del oficio de su madre, su voz era un silbido de sierpe, había en ella algo de víbora.
- El despertar en aquella habitación mas austera que bella, me entristeció; no hay nada que revelara la tierna solicitud de un ser amado; ¡hay madre mía, tu estabas ausente!
- ¡pobre madre yo te arrancare de esa servidumbre! ¡y haré que no mueras sin probar una gota siquiera de la dulzura de la vida!
- Sofía, conversando a mi lado, me sorprendió por la seriedad de sus pensamientos, y me hablo con cierta pesadumbre de la soledad y la tristeza del campo; hay algo en esa niña algo como un oculto dolor, que sin duda ha ocasionado la precocidad de su talento.
- He notado que el señor de la Hoz busca la ocasión de quedar solo conmigo en el salón, y entonces su conversación viene caer siempre sobre el tema del porvenir para mi; de lo ingrato de la tarea fue desempeño, de cómo una enfermedad podría sumirme de súbito en los horrores de una miseria, y como seria mi suerte si la orfandad acabara de caer sobre mi y quedara sola en el mundo
- Hoy ha sido un día terrible para mí; he llorado amargamente; ¡que horrible es la herida de una humillación! Yo no alcanzo a comprender por qué el trabajo honrado mancilla.
- Flotaban en la atmósfera; aromas de flores entreabiertas, subían hasta ella, como un himno de perfumes en adoración de su hermosura; rumores desconocidos y melancólicos la arrullaban como si gnomos amantes ocultos en el cáliz de las flores, y silfos enamorados errantes en las alas de la brisa.
- ¡adiós¡ suspiró él, envolviéndola en una última mirada, delirante y cerrando la portezuela; el coche partió a gran trote; inmóvil quedó el joven, viendo alejarse así su amor inmenso; y, el paisaje, un paisaje de Teócrito, se obscureció a sus ojos, prismatizados por sus lagrimas; la ola de los recuerdo se desbordaba en su alma, rugiendo al estrellarse en las rompientes del dolor; montó a caballo y partió; volvió a su casa, aquella casa ya vacía para él
- ¡cripta lúgubre, que guardaba el cadáver de su ensueño! Y entró en ella, para ser desde entonces el visionario triste; el poseído eterno de las nostalgias de amor; el idilio, el blanco idilio, había pasado; como un paisaje en la bruma, se hundía este sueño de amor; pasó el poema
- Y, toda su tristeza parecía condensarse en aquel pueblo de indios, solitario, aislado, melancólico.
- Aquellas tristezas que como nubes melancólicas, velan el nacimiento del amor; y, uno a uno fueron brotando sitios y recuerdo en la imaginación; aquel banco de piedra donde se adivinaron el amor en las miradas, entre perfumes del rosal silvestre y murmullos del agua fugitiva; el sitio aquel del árbol caído al pie de la cerca, en donde aquella tarde inolvidable Arturo, vino a confesarle su amor
- La oración, y con esta armadura rota ya en parte, fijos los ojos en el cielo, como absorto en su agonía y sordo a los clamores del levita, parecía insensible también a la gran lucha moral que se libraba a sus plantas.
- Luisa no veía nada, su dolor le formaba un limbo, en el cual caminaba como autómata; así llego al cementerio; al frente de la gran Necrópolis, a los lados dos extensos potreros encerrados en una verja, sobre el cual se leía: Cementerio de los pobres, allí a aquel anonimato lúgubre, a la fosa sombría de la canalla dirigió Luisa sus pasos, buscaba la sepultura común, la de los desheredados, la de los malditos leprosos de la suerte, los heridos del contagio feroz de la miseria; allí iba a depositar a su madre.
- Los escribas te condenaron, los pontífices te maldijeron, los levitas te calumniaron, los brutos te apedrearon.
- ¡Oh, Dios! ¡Oh, amor! ¡Oh caridad! ¡Oh justicia
- Luisa se negó a entregar a su madre a la caridad de los extraños, y continuó su senda dolorosa; tocó a todas las puertas; menos a aquella donde estaba el oro, la deshonra, era la puerta del señor de la Hoz todos los días recibía una carta amorosa de él, todos los días una suplica, una promesa; nunca le respondió.
JOSE MARIA VARGAS VILA
Portal para leer y apreciar la Lírica Colombiana en toda su extensión, un lugar para disfrutar de las letras de los mejores poetas y escritores colombianos...¡Bienvenidos!
sábado, 21 de enero de 2012
FLOR DEL FANGO
AURA O LAS VIOLETAS
Aura o las violetas es una novela corta. En una nota introductoria «A los lectores», el autor anuncia que «no es una novela con fin moral, ni con intriga, ni con fin social o religiosos, con lo cual se coloca de manera explícita en contraposición al estenicismo oficial de la Regeneración. Está narrada en primera persona por el propio protagonista, cuyo nombre no se revela, y quien al comenzar el relato tiene catorce años de edad. Aura, por su parte, es una niña «vaporosa y bella, soñadora y triste». Viven en dos estancias contiguas cercanas a la ciudad y retozan por prados y jardines; pero un día el joven debe partir para iniciar sus estudios. La víspera se encuentran en el sitio preferido de sus juegos infantiles: un campo ameno sembrado de grandes árboles y cubierto de violetas. En el momento de la despedida, Aura, de rodillas, sobre aquella alfombra de violetas, pálida como un cadáver, bañada en llanto» , promete corresponder eternamente al amor del joven. Al día siguiente éste parte y al pasar al frente de la casa de Aura «una mano blanquísima asomó tras la cortina» para entregarle un ramo de violetas
.
Transcurren tres años y el joven regresa al hogar con la ilusión de realizar sus amores. Aura es ya una mujer, pero su comportamiento ha cambiado; ante su amigo se muestra indiferente, evasiva, despectiva. Transido de dolor y despecho, el protagonista se da a la tarea de investigar las causas de aquel cambio. El padre de Aura ha muerto. La estancia está a punto de pasar a manos de un acreedor. Aura, su madre y sus hermanas se ven amenazadas por la miseria. El acreedor, sin embargo, solicita la mano de Aura y promete desistir de la acreencia. Esta, para salvar a su madre y hermanas, decide aceptar.
Cae el protagonista en profunda depresión. El día del matrimonio, afiebrado y delirante, se presenta en la iglesia dispuesto a impedir la boda. Pero los novios se han anticipados cuando el joven llega ésta ha finalizado. Al salir de la iglesia, Aura alcanza a verlo entre los curiosos y siente un vahído, señal, para el amante frustrado, de que todavía lo ama. Después de algún tiempo, una noche se cruzan en una función de teatro, Se miran y el lenguaje de los ojos enciende la pasión. Entonces él decide suicidarse: redacta un largo poema en el cual repite, en versos endecasilabos, la historia de su vida y de su amor, y cuando está a punto de llevar a cabo su resolución la madre lo salva. Es tan duro el golpe para ella que cae enferma, A la frustración amorosa y al intento de suicidio, el joven debe ahora sumar la enfermedad de la madre.
Decide escribirle una carta a Aura, pero ésta contesta que ya no puede haber nada entre ellos: es una mujer casada y siempre respetará a su esposo. Los sentimientos y emociones expresados con frases de un romanticismo recargado se acumulan. Una tarde recibe un mensaje del esposo de Aura. Acude lleno de expectativa: «Allí estaba ella, vestida de negro, alumbrada por cuatro cirios» y rodeada de violetas: había muerto consumida por el dolor. El joven la acompaña al cementerio y, al anochecer, cuando los deudos se han retirado, abre el féretro, abraza y besa en la boca a la muerta, flora sobre su frente, corta una de sus trenzas, le coloca una corona de violetas y la devuelve al ataúd.
JOSE MARIA VARGAS VILA
LA TRAGEDIA DEL MINERO
Es de noche. La luz de una vela de sebo del altar de los retablos lucha con la sombra. Están terminando de rezar el rosario de la Virgen santísima. Todos se han puesto de rodillas. Doña Luz recita, con voz mojada en la emoción de todos los dolores, de todas las esperanzas, de las decepciones todas de su alma augusta crucificada por la vida, la oración que pone bajo el amparo de Jesucristo a su familia, a los viajeros, a los agonizantes, a los amigos y a los enemigos: a la humanidad entera.
Se oyen pisadas en los corredores del exterior. Se entremiran azorados. Se ponen de pies. Se abre la puerta del salón, y van entrando, descubiertos, silenciosos, Juan Gálvez, los Tabares, padre e hijo, y los dos Restrepo. Son los mineros que se fueron a veranear a las selvas de las laderas del remoto río que corre por arenales auríferos. Se han vuelto porque el invierno se entró.
-¿Y Manuel? -pregunta Doña Luz.
Silencio.
-¿Se quedó de paso en su casa?
-No, señora.
-¿Y entonces?
Silencio nuevo.
-¿Pero qué pasa? Su mujer lo espera por instantes. Quiere -naturalmente- que esté con ella en el trance que se le acerca.
-¡Pobre Dolores! -dice Micaela-. De esta llenada de luna no pasa.
A Juan Gálvez empiezan a movérsele los bigotes de tigre: va a hablar.
-Que se cumpla la voluntad de Dios, señora -dice al fin-. Manuel no volverá.
-¿Qué hubo, pues?... Cuenta, por Dios.
-Mire, señora. Eso fue horrible. Ya casi terminaba el verano... Y ni un jumo de oro. Cuando una mañanita cateamos una cinta a la entrada de un organal... y empezamos a sacar amarillo... y la cinta a meterse por debajo del organal... La señora no sabe lo que es un organal... Son pedrones sueltos, redondeados, grandísimos... amontonados cuando el diluvio, pero pedrones. Como catedrales, como cerros... ¡Y qué montones! Con decirle que el río, que es poco menos que el Cauca, se mete por debajo de un montón de esos... Y se pierde. Se le oye mugir allá... hondo. Uno pasa por encima, de piedra en piedra. El otro día, por tantear qué tan hondo pasa el río, dejé ir por una grieta el eslabón de mi avío de sacar candela. Y empezó a caer de piedra en piedra... a caer de piedra en piedra... a chilinear: tirín, tirín... Allá estará chilineando todavía.
Por entre las junturas de las piedras íbamos arrastrándonos desnudos, de barriga, como culebras, detrás de la cinta, que era un canal angosto. Llegamos a un punto en que no cabíamos... Ni untándonos de sebo pasaba el cuerpo por aquellas estrechuras. Manuel dio con una gatera por donde le pasaba la cabeza. Y él, que era más que menudo, pasó, sobándose la espalda y la barriga. Taqueamos en seguida las piedras, como pudimos, con tacos de guayacán.
-Aquí va la cinta -dijo Manuel, ya al otro lado.
Le echamos una batea de las chiquitas: las grandes no cabían. La llenó con arena de la cinta.
-¿Qué opinás viejo? -me dijo cuando me la devolvió por el agujero, por donde había pasado, llena de material.
-Mirá: se ven, así en seco, los pedazos de oro. En este güeco está el oro pendejo. Pa educar a mis muchachos. Pa dale gusto a Dolores...
Y pegó un grito de los que él pegaba cuando estaba alegre, que retumbó en todo el organal, como un trueno encuevao.
Los compañeros salieron a lavar afuera, a bocas del socavón, la batea que Manuel acababa de alargarnos. Yo me puse a prender mi pipa y a chuparla, y a chuparla... Cuando de golpe, ¡tran! Cimbró el organal y tembló el mundo. De susto me tragué la pipa que tenían entre los dientes. La vela se me cayó, o también me la tragaría. Me quedé a oscuras... ¡Y las prendo! Tendido de barriga, corría, arrastrándome, como se me hubiera vuelto agua y rodara por una cañería abajo. No me acordé de Manuel... pa qué sino la verdá.
-¡Bendita se la Virgen! -dijeron los que estaban afuera, lavando el oro, cuando me vieron llegar-. Creímos que no había quedado de ustedes, mano Juan, ni el pegao.
-¿Y qué fue lo que pasó?
-Es que onde hay oro, espantan mucho.
-¿Y Manuel?
-Por ai vendrá atrás.
Nos pusimos a clarear el cernidor. Era tanto el oro, que nos embelesamos más de dos horas viéndolo correr, sin reparar que Manuel no llegaba.
-¿Le pasaría algo a aquél?
-Allá estará, como nosotros, embobao con todo el amarillo que hay en ese güeco.
-Vamos a ver.
Y empezamos de nuevo a entrar, tendidos, de punta, como lombrices; pero alegres, deshojando cachos. Porque el oro emborracha. Se sube a la cabeza como un aguardiente.
Llegamos al punto en donde habíamos estado antes.
-Pero qué sustico el tuyo, Juan. Mirá donde dejaste la pipa -dijo Quin Restrepo, con una carcajada.
-¡Y la vela!
-¡Y los fósforos!
-Fíjate a ver si dejó también las orejas este viejo flojo.
-¡Y quien le oye las cañas!
-¡Pero qué fue esto, Dios! Vengan, verán -gritó Penagos.
-¡A ver!
-Nos amontonamos en el lugar en que estaba alumbrando con la vela. ¡Qué espanto, Señor de los Milagros! Nos voltiamos a ver, unos a otros, descoloridos como difuntos. Los tacos de guayacán que sostenían las piedras que formaban el agujero por donde Manuel entró, se habían vuelto polvo. Del agujero no quedaba nada: ciego, como ajustado a garlopa.
-¡Manuel...! -grité.
-Nada.
-¡Manuel!
-Nada.
Volví a gritar, arrimando la boca a una grieta por donde cabía apenas la mano de canto:
-¡Manuel!
-¡Oooh!... -respondieron al mucho rato, por allá, desde muy hondo. Desde muy hondo...
-¿Qué hubo, hombre?
-A mí déjenme quieto.
-¿Pero qué fue, hombre?
-Por mí no se afanen. Ya yo no soy de esta vida.
-¿Qué pasa, hombre, pues?
-Encerrado como en el sepulcro... De aquí y ano me saca nadie... Sacará Dios el alma cuando me muera... Si es que se acuerda de mí.
-Buscá, hombre, tal vez quedará alguna juntura, por onde...
-He buscado ya por todas partes... Los pedrones, juntos, apretados... ¡Y qué pedrones!... Tengo una sed...
Inventamos un popo, por onde le echábamos agua y cacaíto.
Así nos estuvimos ocho días: callaos, mano sobre mano, como en un velorio.
Si tuviéramos dinamita -pensábamos- volaríamos el pedrejón que rompió los tacos... pero como todos los pedrones están sueltos, sostenidos unos con otros, el organal se movería íntegro, se acomodaría cada vez más de manera diferente... y nos trituraría a todos.. o nos dejaría encerrados...
Y lo horrible fue que se nos acabaron los víveres.
Manuel lo adivinó. ¡Con lo avispado que era!
-Váyanse muchachos.. ya hay agua aquí. Con el invierno ha brotado entre las piedras... Déjenme los tabacos que puedan, fósforos y mecha, y... váyanse... ¿Qué se suplen con estarse ai...? Váyanse, les digo. Déjenme a mí el alma quieta: ya yo estoy resignao a mi suerte. Lo único que siento es no conocer el hijo que me va a nacer, o que me habrá nacido ya. ¡Pobrecito güerfano!... Me le dicen a doña Luz que ai se los dejo.. a él y a Dolores. Que los cuide como propios... y no me llamen más, porque no les contesto...
¿Qué hacíamos, pues, nosotros? Venirnos. Venirnos y dejarlo: ¡Cosa más berrionda!
Y el viejo Juan, con un movimiento brusco, se puso el sombrero y se agachó el ala para taparse los ojos. Lloraba.
La puerta del exterior se abrió con estrépito.
Y entra Dolores, pálida, la piel del rostro bello pegada a los huesos, los ojos enormes, extraviados, trágicos.
-Todas son patrañas. Todo lo he oído... Me voy por Manuel. ¡Ya! ¡Cobardes, que dejan a un compañero abandonado! ¡Quien oye al viejo Juan! ¡Viejo infeliz! Traeré a Manuel. Lo que cinco hombres no pudieron, lo haré yo... ¡Y ustedes sinvergüenzas, tiren esos pantalones y pónganse unas fundas! ¡Maricos...!
Abre los brazos, da un grito y cae al suelo, retorciéndose entre los dolores del parto.
Se laza doña Luz, severa, enérgica, bella, y hace salir a los hombres y a los niños.
EFE GOMEZ
CANCION NOCTURNA
En tu pelo está el de la noche
y en tus ojos su tormentosa luz.
El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante.
Mi corazón, clavado sobre la noche de avenuz.
y en tus ojos su tormentosa luz.
El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante.
Mi corazón, clavado sobre la noche de avenuz.
La noche está en tu frente morena, erguida y frágil
y en tus brazos que un vello sutil aterciopela.
La noche está en recónditos parajes de tu cuerpo:
-la noche perfumada de nardo y de y de ...
y en tus brazos que un vello sutil aterciopela.
La noche está en recónditos parajes de tu cuerpo:
-la noche perfumada de nardo y de y de ...
La noche está en tus ojos brunos, iridiscente:
constelaciones bullen en su vivaz burbuja.
La noche está en tus ojos brunos, cuando los cierras:
noche definitiva, noche agorera, noche bruja.
constelaciones bullen en su vivaz burbuja.
La noche está en tus ojos brunos, cuando los cierras:
noche definitiva, noche agorera, noche bruja.
En tus oídos, toda la música de la noche
se refugia, y te arrulla con su vago susurro.
En tus oídos, toda la música de la noche,
y en tu voz, y en tu risa, y en tu tácito llanto...
se refugia, y te arrulla con su vago susurro.
En tus oídos, toda la música de la noche,
y en tu voz, y en tu risa, y en tu tácito llanto...
En tu frente, su angustia latente insomne yerra,
y en tu pecho amoroso su tormentosa luz.
En la noche sortílega, sortí discurro...
El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante.
Tus manos son dos pálidas lunas sobre mi frente.
y en tu pecho amoroso su tormentosa luz.
En la noche sortílega, sortí discurro...
El sabor de la noche vibra en tu boca palpitante.
Tus manos son dos pálidas lunas sobre mi frente.
Clavos en ti me clavan , oh Noche deleitosa!
noche...! tibio madero de mi cruz!
noche...! tibio madero de mi cruz!
LEON DE GREIFF
viernes, 20 de enero de 2012
¡Horizonte!
El Viaje es
inminente…
Todo está
preparado
Me tengo que
alejar…
¡Ya no hay
vuelta atrás!…
La maleta de
mis sueños la acabo de cerrar…
¡Esta pesada!
Pero a ninguno
de esos sueños
Pienso
renunciar.
Sobre la
cama el maletín de mis ilusiones me espera…
Se va conmigo no lo voy abandonar…
Reviso la
habitación observando con la mirada
Que todo quede
en su lugar…
Cuando mis
ojos se tropiezan con el armario
De mi tristeza
y soledad…
Sonrío y pienso…
Allí… en la
gaveta de los recuerdos
Quedaron
guardados todos los
Te quiero y todos los Te
amo
Que un día les
quise entregar…
¡Y no supieron
apreciar!
¡Pero ya no
hay vuelta atrás!
Me tengo que
alejar…
Una vida nueva
está por comenzar…
En la cartera
de la esperanza
Reposa el
boleto que tal vez…
Me lleve a la
felicidad
Lo tomo entre
mis manos
Y mirando al
cielo pregunto:
¿Vida estamos
en paz?
Salgo de la
habitación testigo de mis tormentos…
Cargando el
pesado equipaje de mi decisión…
¡La puerta del
pasado la acabo de cerrar!
¡Ya no hay
vuelta atrás!
Afuera…
El canto de las
aves
El aroma de las flores
Y el brillo del sol…
¡Me sonríen al
pasar!
Miles de
mariposas multicolores
Besan mis
mejillas
y musitan al compás
De un vals…
¡Sigue
adelante Estrella!…
¡No debes
llorar más!
¡La vida te está
brindando otra oportunidad!
Sollozando emocionada respondo…
¡Seguiré
adelante Vida… ¡
¡No voy a
llorar más!
Un nuevo horizonte
esta brillando
Al otro lado
del mar…
Estrella
Sombría de Colombia
sábado, 12 de noviembre de 2011
¡TIERRA DE PROMISION!
Soy un grávido río, y a la luz meridiana
Ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje:
Y en el hondo murmullo de mi audaz oleaje
Se oye la voz solemne de la selva lejana.
Ruedo bajo los ámbitos reflejando el paisaje:
Y en el hondo murmullo de mi audaz oleaje
Se oye la voz solemne de la selva lejana.
Flota el sol entre el nimbo de mi espuma liviana;
Y peinando en los vientos el sonoro plumaje.
En las tardes un águila triunfadora y salvaje
Vuela sobre mis tumbos encendidos en grana.
Y peinando en los vientos el sonoro plumaje.
En las tardes un águila triunfadora y salvaje
Vuela sobre mis tumbos encendidos en grana.
Turbio de pesadumbre y anchuroso y profundo.
Al pasar ante el monte que en las nubes descuella
Con mi trueno espumante sus contornos inundo:
Al pasar ante el monte que en las nubes descuella
Con mi trueno espumante sus contornos inundo:
Y después, remansado bajo plácidas frondas.
Purifico mis aguas esperando una estrella
Que vendrá de los cielos a bogar en mis ondas.
Purifico mis aguas esperando una estrella
Que vendrá de los cielos a bogar en mis ondas.
* * *
La selva de anchas cúpulas, al sinfónico giro
De los vientos, preludia sus grandiosos maitines;
Y al gemir de dos ramas como finos violines
Lanza la móvil fronda su profundo suspiro.
De los vientos, preludia sus grandiosos maitines;
Y al gemir de dos ramas como finos violines
Lanza la móvil fronda su profundo suspiro.
Mansas voces se arrullan en oculto retiro;
Los cañales conciertan moribundos flautines,
Y, al mecerse del cámbulo florecido en carmines,
Entra por las marañas una luz de zafiro.
Los cañales conciertan moribundos flautines,
Y, al mecerse del cámbulo florecido en carmines,
Entra por las marañas una luz de zafiro.
Curvada en el espasmo musical, la palmera
Vibra sus abanicos en el aura ligera;
Mas de pronto un gran trémolo de orquestados concentos
Vibra sus abanicos en el aura ligera;
Mas de pronto un gran trémolo de orquestados concentos
Rompe las vainilleras...; y con grave arrogancia.
El follaje, embriagado con su propia fragancia,
Como un león, revuelve la melena en los vientos.
El follaje, embriagado con su propia fragancia,
Como un león, revuelve la melena en los vientos.
* * *
Lóbrego, en alta noche, a paso lento
Regresa un toro por la pampa umbría.
Y, husmeando el mustio pajonal, confía;
Vagos mugidos al miedoso viento.
Regresa un toro por la pampa umbría.
Y, husmeando el mustio pajonal, confía;
Vagos mugidos al miedoso viento.
Torvo, bajo el moriche corpulento
Afilando las astas, extravía;
Y al fin, en la estrellada lejanía,
Surge como borroso monumento.
Afilando las astas, extravía;
Y al fin, en la estrellada lejanía,
Surge como borroso monumento.
Absorto en las ¡límites sabanas.
Mira radiar las pléyades cercanas
Sobre las sienes del palmar suspenso...
Mira radiar las pléyades cercanas
Sobre las sienes del palmar suspenso...
¡Después, hondo bramido de amargura,
Brusco silencio en la majada oscura,
Temblor de estrellas en el orbe inmenso!
Brusco silencio en la majada oscura,
Temblor de estrellas en el orbe inmenso!
* * *
Sintiendo que en mi espíritu doliente
La ternura romántica germina.
Voy a besar la estrella vespertina
Sobre el agua ilusoria de la fuente.
La ternura romántica germina.
Voy a besar la estrella vespertina
Sobre el agua ilusoria de la fuente.
Mas cuando hacia el fulgor cerulescente
Mi labio melancólico se inclina,
Oigo como una voz ultradivina
De alguien que me celara en el ambiente.
Mi labio melancólico se inclina,
Oigo como una voz ultradivina
De alguien que me celara en el ambiente.
Y al pensar que tu espíritu me asiste,
Torno los ojos a la pampa triste;
¡Nadie!... Sólo el crepúsculo de rosa.
Torno los ojos a la pampa triste;
¡Nadie!... Sólo el crepúsculo de rosa.
Mas, ¡ay!, que entre la tímida vislumbre,
Inclinada hacia mí, con pesadumbre,
Suspira una palmera temblorosa.
Inclinada hacia mí, con pesadumbre,
Suspira una palmera temblorosa.
JOSE EUSTASIO RIVERA
¡LA VORAGINE!
Arturo Cova, poeta y aventurero, cuenta las múltiples vicisitudes que le acontecen en los llanos del Orinoco y en la selva amazónica. La acción es rápida, continua, y transcurre en poco más de siete meses.
Al inicio de la novela, para deshacerse de sus obligaciones sociales, Arturo abandona la ciudad de Bogotá junto con Alicia, su amante, a quien ha seducido y embarazado sin amarla. Ahora huyen de los padres de la muchacha, del juez y el cura que intentan casarlos. Ambos escapan rumbo a la llanura de Casanare. Varios días después llegan a un pequeño poblado, la fundación de La Maporita, donde conviven con Franco y su mujer, la Niña Griselda. En este lugar, Arturo, que ha comenzado a interesarse por Alicia, se disgusta con ella por celos infundados a causa de Barrera, un nuevo personaje, ladrón, asesino y donjuán, que quiere seducir a la esposa de Franco y a Alicia. Cova, furioso, lo busca para pedirle cuentas, pero es herido por el criminal, quien ya había urdido planes para asesinarlo durante una reyerta ocasionada por el juego. Clarita, una prostituta, cuida a Arturo mientras sus herirlas sanan. Un día, luego de haberse restablecido, Cova toma parte en una "recogida de ganado" en la que es testigo de la muerte de un famoso jinete *Cuando regresa con Franco a La Maporita, no encuentran a nadie. Acosadas por el homicida, Griselda y Alicia han huido. Franco, indignado, "le prende fuego a su propia casa".
Arturo, Franco y otros hombres se internan en la selva para rastrear al criminal y a las dos mujeres, alcanzarlos y cobrar venganza. Llegan a unos montes, en cuyos platanares silvestres habita una tribu semi-nómada de indios guahíbos, y viven con ellos cierto tiempo. Cuando se les agota el dinero, se dedican a la cacería de garzas; así, con la venta de las valiosas plumas, podrán comprar lo necesario para proseguir el viaje y encontrar a sus mujeres,
Durante el trayecto por el río Meta, unos fugitivos les informan que Barrera lleva a Alicia y Griselda como sirvientas y queridas. Siguen su expedición y poco después, cerca de una playa, se encuentran a Clemente Silva, viejo y enfermo, que acepta servirles de guía durante el resto del camino. El viejo Clemente les describe la vida miserable de los indios caucheros en la selva amazónica y la explotación de que son víctimas por parte de las empresas extranjeras; también les relata la tragedia que lo hizo internarse en la selva: la huida de su hija, por haber sido seducida, y la muerte de su esposa a causa de la ausencia de su hijo Luciano, quien se fugó de la casa por vergüenza de la deshonra de su desdichada hermana.
Ahora Clemente Silva anda en busca de su hijo. Más adelante se entera de cómo un árbol lo mató. Eso creen todos, pero la cruel y única verdad es que Luciano se suicidó por una mujer.
Poco a poco, Arturo se va dando cuenta de la vehemente atracción y de la terrible ley que rige en la naturaleza a su alrededor, a la que deberá someterse si quiere sobrevivir.
Obsesionados por la venganza, Franco y Arturo, siguiendo al viejo Clemente Silva, continúan internándose en la selva. Pero Arturo Cova no sólo sigue adelante llevado por su afán de venganza, ahora lo anima también un ferviente deseo de luchar contra las injusticias de los ricos explotadores y redimir a los caucheros: "el ansia de contender con esta fauna de hombres de presa, a quienes venceré con armas iguales, aniquilando el mal con el mal".
Mientras, la enfermedad y el cansancio van menguando sus fuerzas. "Principié a notar que mis pantorrillas se hundían en las hojarascas y que los árboles iban creciendo a cada segundo
En varios instantes creí advertir que el cráneo me pesaba como una torre y que mis pasos iban de lado
Nadie ha sabido cuál es la causa del misterio que nos trastorna cuando vagamos en la selva
Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva inhumana, esta selva sádica y virgen
Esta situación de inferioridad me tornó desconfiado, irritable, díscolo. El desierto me poseía
Y por este proceso —¡oh., selva!— hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine."
En tanto, el viejo Clemente sigue refiriéndoles diversas historias de las que ha sido testigo; la invasión de las temibles hormigas tambochas, y la desaparición de siete amigos suyos en el "infierno verde", como él llama a la selva.
Una mañana, Arturo Cova y Franco se acercan a la barraca de una compañía cauchera. Allí pasan algún tiempo, durante el cual se dan cuenta de la esclavitud a que están sometidos los caucheros. Ahí se topan con el Váquiro, siniestro personaje que trafica con niñas de ocho a diez años para iniciarlas en la prostitución; también conocen a Funes, hombre sediento de sangre, quien en una noche, tendiéndoles una emboscada, ha asesinado a sesenta caucheros por reclamar sus derechos. En esta barraca, Arturo tiene amoríos con la Turca Zoraida Ayram, la Madona, magistralmente descrita como sensual, lasciva prostituta regordeta, calculadora, usurera y cínica, por quien el hijo de Clemente Silva se había suicidado.
Otros personajes característicos aparecen en este ambiente miserable y corrupto: el Petardo Lesmes, Ramiro Estévanez, el Catire, el Pipa, y el famoso y temible Cayeno, "el extranjero, el invasor, que en los lindes patrios taló las selvas, mató a los indios, esclavizó a mis compatriotas” quien muere destripado a manos de Arturo Cova, uno de cuyos perros arrastra el cadáver por el remanso, cogiéndolo por el extremo del intestino "que se desenrollaba como una cinta larga y siniestra".
Arturo envía hasta Río Negro a don Clemente Silva para que entregue una carta al cónsul de Colombia, misiva donde informa acerca de la explotación en que viven los caucheros.
La expedición, ahora más exigua, prosigue su marcha.
Disimulando ante Zoraida, Arturo Cova consigue averiguar el paradero del delincuente y encontrar a Griselda, ésta le cuenta sus desdichas y las de Alicia, acosadas por el raptor. Griselda fue vendida a la Madona Zoraida. Alicia se libró de ello porque estaba embarazada, y cierto día en que Barrera quiso violarla, Alicia, con una botella desfondada, "le hizo al bellaco, de un golpe, ocho sajaduras en plena cara".
Griselda, Cova y sus compañeros se marchan del lugar y, finalmente, encuentran al secuestrador y a Alicia. Arturo se traba en lucha con Barrera y lo mata. El cadáver es devorado por miles de caribes que en un segundo lo descarnan y dejan el esqueleto "mondo, blancuzco, que temblaba contra los juncos de la ribera como en un último estertor". A causa del cúmulo de impresiones, Alicia da a luz antes de tiempo. El sietemesino, milagrosamente, vive.
Arturo Cova se hace ilusiones acerca de su futuro junto a Alicia y a su hijo. Como no encuentran a Clemente Silva en el lugar convenido, continúan su camino, pero antes le dejan un mensaje: "Viejo Silva: sentimos no esperarlo Le dejaremos en nuestro rumbo grandes fogones. ¡No se tarde! ¡Sólo tenemos víveres para seis días! ¡Nos vamos, pues! ¡En nombre de Dios!"
Pasado un tiempo, un último cable del cónsul de Colombia dirigido al ministro decía textualmente, en relación con la suerte de Arturo Cova y sus compañeros: "Hace cinco meses búscalos en vano Clemente Silva. Ni rastros de ellos. ¡Los devoró la selva!"
JOSE EUSTASIO RIVERA
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